jueves, 23 de abril de 2015

A la puerta de Sierra Baja

En la primavera se rodean dos conjunciones. Por una parte no hace ni frío ni calor...
lo que se conoce como "cero grados" y por otra, parece que la vida natural explota
de alegría y vivos colores alrededor de nuestro querido pueblo. Plantas y...



animalillos de toda índole -todos necesarios- añaden un peculiar atractivo...



que combinados con paisajes sorprendentes
 -aunque fueran provocados por "candelitas"-
 favorecen sobremanera...



la reunión de personas dispuestas a acometer incursiones -sin ir más lejos-
para el conocimiento estético y etnológico del patrimonio que nos brinda
nuestra cercana y desconocida a la vez, sierra de Ubrique.



El objetivo marcado previamente nos esperaba aquí, en el Salto del Pollo,
entre el Cancho Grande -izquierda- y el Tajo Colorao -derecha- junto a la
antigua ciudadela de Garciago -más a la derecha todavía.
 Un lugar privilegiado donde las ancestrales culturas se superponen. 
La prehistoria, los romanos, los árabes y nuestros bisabuelos piconeros 
se dan la mano en esta maravilla de la última estribación del sistema Penibético 
-donde el macizo calizo se interrumpe de sopetón en maravillosas formaciones.



Aquella mañana habíamos quedado a las diez en el Jardín.
Abandonando la nueva plaza de la Verdura para llegar puntuales, un minino
nos llamó la atención, encaramándose al parterre central.
Ellos son tan pulcros que entierran sus necesidades.
¡Pero no fue el caso...!



Nuestro lindo gatito resultó ser un eterno enamorado que se dedicó a oler las flores.



La mañana estaba agradable -por decir algo- y al pasar por este otro emblema de Ubrique,
se nos vino a la memoria "la Pilita Abajo, nuevo génesis" -otra histórica entrada.
Calle San Sebastián adelante y en la de Ingeniero Juan Romero...



añoramos poder comprar alguna chuche, para la mañana que nos esperaba.
 El kiosco de Mari Carmen queda por ahora, para el recuerdo.
 Menos mal que llevábamos "provisiones"...



-¡A las diez en el Jardín!
-Nosotros ya estábamos algo antes.



La incursión prometía. Aparte de los amigos de siempre, otros y otras,
bien agregados y bienvenidos, venía con nosotros un licenciado nombrado por el
ayuntamiento, para catalogar algunas de las joyas arqueológicas que íbamos a "descubrir".
La carta arqueológica de Ubrique, se está completando...
-¡Todavía...! 
...Pero afortunadamente.



-¡Bueno! ¿A qué esperamos?
Y en un pis pas, ya pasábamos junto a lo de Moreno -por un camino bien antiguo-
dirección a las maravillas que nos deparaban. 
Los "runastic" a punto y la ilusión a tope de carga.



Bastó subir el primer tramo del imantado enclave...



para poder sorprender a las primeras almas inquietas repechando por las agrestes
calizas como auténticos aborígenes porque, aunque el destino los llevare por otros
 derroteros calcáreos "nerjerianos", la roca madre "ubriquensis", siempre tira.



Y allí estábamos... en la ventana en "tenguerengue" del Salto del Pollo,
rememorando situaciones vividas en otras reencarnaciones.



Nuestro primo hermano -Hermano- y su súper tío... Siete décadas de zagal.
Desde la ventana pusimos dirección al primer objetivo arqueológico...



¡El refugio prehistórico del Salto del pollo!
Con ojos avizores, al amigo y técnico, David, no se le escapó ni un sólo detalle
de la confortable cueva totalmente apta para la vida de otrora.
Restos de silex o, incluso, un maxilar superior humano petrificado, aparecieron.



Todo bajo la supervisión de su entrañable tía 
-gracias por la licencia fotográfica, Ana.



Quince personas dentro. 
Quince trasladados al tiempo remoto de nuestros más arcaicos ancestros... 
Conectados con aquellos "ubriqueños" primitivos que deambularon por aquestos lares.
Pero había que continuar. Uno de los primordiales objetivos de la jornada, nos esperaba.



Había que seguir en la pugna contra el maremagnum calcáreo
que a alguno se le repuchaba, sin embargo, la debacle caliza, de los desprendimientos
lógicos del "derrame" geológico, suponían un atractivo añadido al entorno.



Coronar el Salto del Pollo en busca de la misteriosa puerta de sierra Baja...
Toda una aventura digna de cualquier admirador de la Gran Madre Tierra.
-¡Subir! ¡Subir! ¡Subir! ¡Puro vertical...!
Pero mereció la pena el sufrimiento y la hiperventilación.
Durante el transcurso, restos innumerables de civilizaciones que poblaron el lugar
-romanos por las tégulas y árabes por su cerámica-
abundaban en fragmentos diseminados por doquier.



Superábamos la cota del Cancho Grande... Ahí arriba, donde el resto del mundo,
se postraba a nuestros pies; allí mismo y oculta tras cortados rocosos de ensueño...



¡La puerta de Sierra Baja!
Una caprichosa formación que da paso a la parte más alta de Sierra Baja -que no es baja.
Como salida de un bucólico romancero la inquietante apertura sirvió de rápido tránsito.
A nosotros no sólo nos va a servir para llegar al "mundo perdido" de los alfanjes y el picón...



sino que nos vino a arrancar nuestra mejor de las sonrisas.



Y para inmortalizar tanto regocijo qué menos que una autofoto "magnánima".



La amplitud de campo que se nos ofrece después es de una sensación indescriptible.
Poder admirar la grandeza de lo que parece infinito a la misma altura que la
habitual de los buitres leonados y las cabras montesas. 
Delante, los terrenos de la "majá" de las Tunas y la cueva de los Burros. 
A la izquierda, la inmensidad de la sierra de Ubrique.
Y a la derecha, el gran vacío que cae a plomo sobre el Garciago.



Deambular por estas latitudes no es difícil. Años y años de duro trabajo 
por rudos campechanos, "facilitaron" los accesos entre el caos pétreo.
Habíamos llegado al paso de "Godía" -Diego Díaz...



y nos habíamos ganado un buen descanso. Un respiro necesario donde compartir
no sólo unas "cervecitas" -que aportan antioxidantes e hidratación- sino también...



unos sutiles compases del Ave Verum de Mozart -eso sí a dos voces, de las cuatro.
Nos hubieran hecho falta además del tenor y el bajo, una contralto y una soprano
para formar un cuarteto polifónico. De algo tienen que valer los ensayos con
la coral "Ocurris Populi" dependiente de la Escuela Municipal de Música.


Por megafonía anunciamos...
-¡Último destino antes del regreso...! ¡La cueva de los Burros...!
Cuenta la historia que hace un siglo -más o menos- unos hombres se propusieron
hacer "rentable" estos agrestes lugares. Reafirmaron caminos y construyeron alfanjes.
La energía vegetal en forma de cisco y picón era muy demandada. Durante el día,
animales y hombres, laboraban a los aires y al sol pero la noche se pasaba en la cueva.
Al ser de dos pisos, los mulos paraban abajo y los hombres descansaban...



en la parte superior. Es como un túnel amplio y acogedor, pegado a los tajos.



Incorporarse a la oquedad, desborda la imaginación.
Más ya hablaremos de ella en otras futuras entregas de "Ubrique en verde". 
Por hoy nos quedaremos con las gratas impresiones 
que aquella jornada matutina nos brindó. 
La satisfacción era latente en todas y todos.
Comenzamos el regreso. 
Habíamos dicho que de dos a tres del mediodía estaríamos de vuelta...



pero teníamos que llevar un buen recuerdo...
¡El del techo de la gruta tiznado! Que demuestra el paso inequívoco de 
seres humanos dominadores del fuego vital por este curioso habitáculo natural.



La misión se cumplió, en pos de la cultura de Ubrique...
Se notaba la cara de satisfacción de David que está haciendo un trabajo
extraordinario aglutinando el rico patrimonio del que podemos disfrutar.



De regreso pasamos junto a la aljibe de tío Paco
 -probablemente sobre una domus romana-
 pero eso será otro motivo para otra historia.
Salimos de la sierra por la "somierilla" -híbrido entre angarilla y somier-
de "Caldereto número cuarenta y dos". 
Podemos decir que en el fondo...



nos dio pena el regreso al mundo real y abandonar el esforzado mundo imaginario.
-¡Gracias a todos y todas...! ¡Fue un placer...!



Fue un placer deambular con vosotros entre mágicas rocas,
por las mismas cotas que la de los placenteros vuelos de los pajarracos.




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